
Desde que un tal Pedro Sanz de Azpilcueta se mudara de Azpilkueta a Lezaun hacia 1470, han sido cientos (miles?) los Azpilicuetas que han vivido en esta localidad navarra. Hace unos años, el cronista de Lezaun Francisco Argandoña recopiló numerosas historias de su pueblo en el libro doble Lezáun, pie de Sierra de Andía. Y claro, aunque solo sea por probabilidad, son unos cuantos los Azpilicuetas que aparecen en las historias que cuenta Argandoña, como por ejemplo la que tiene de protagonistas a la sima Marizulete y a un perro rabioso.
Si tenemos que hacerle caso al filólogo Mikel Belasko1 ‒y siempre hay que hacérselo‒, el topónimo ‘Lezaun» quiere decir ‘lugar de la sima’, del vasco leza (variante en composición de leze «sima, cueva») y –un < -gune sufijo que indica lugar. En Lezaun hay una sima llamada Marizulete; esa será la que dio nombre al pueblo, y la que sirvió de escenario para la siguiente historia.
Era el día de Año Nuevo de 1949 y los quintos de Francisco Argandoña estaban merendando juntos cuando aparecieron el alcalde de la localidad, el alguacil, el veterinario y Vidal Azpilicueta, todos ellos con cara de preocupación. El veterinario dio las explicaciones necesarias:
‒ Ayer, cuando se levantó el Sr. Vidal, bajó al corral y le pareció que el perro estaba rabioso. Lo mató, y atándolo con un esparto lo tiró a la sima. Pero resulta que hoy hablando en casa de lo sucedido, ha preguntado a sus hijas, a ver si les había mordido a alguna de ellas. La mayor, Vicenta, ha respondido que el día anterior le mordió en un dedo. Así que me la ha traído, y me he alarmado porque la herida tenía muy mala traza. De vosotros depende la vida de esa chica.
Uno de los jóvenes debía descender a la sima, coger el perro y entregárselo al veterinario para que lo examinara. Así, si se confirmaba que el perro estaba rabioso, la chica debería ser tratada inmediatamente. Francisco Argandoña y Gabriel Núñez se presentaron voluntarios para esta hazaña, ya que tenían conocimientos de escalada. Lo hicieron al día siguiente, tras obtener la mayor información posible de un lezaundarra ya mayor que en su juventud descendió una vez hasta la mitad de la sima.
Tras la misa, toda la gente del pueblo sacó sus mejores sogas, los dos jóvenes eligieron las que más se ajustaban a las necesidades de lo que tenían que hacer, y todos juntos se desplazaron a la zona de la sima. En su segundo libro, Francisco Argandoña cuenta el descenso con todo lujo de detalles; merece la pena detenerse en sus páginas, pues lo explica mucho mejor que en este brevísimo resumen que hemos hecho aquí, con más gracia y mayor intriga. Pero sin más dilaciones, digamos que lograron hacer el primer descenso documentado a Marizulete, que consiguieron sacar al perro de la cueva, que le cortaron la cabeza y que la enviaron en coche a Pamplona junto con la joven Vicenta. Analizaron la cabeza el mismo día, y como confirmaron que el perro tenía rabia, aplicaron a Vicenta el tratamiento correspondiente. La joven volvió a Lezaun un mes después, completamente recuperada y muy agradecida con los dos jóvenes, a los que obsequió con 50 pesetas a cada uno.
PD 1: Cada vez que he leído este relato me ha surgido la duda: viendo que la herida de Vicenta tenía muy mala pinta, ¿por qué no le pusieron el tratamiento directamente sin tener que montar todo el follón de rescatar el cuerpo del perro?
PD 2: Poco después de leer esta historia (un día después, o dos), mi tía Tere me dio un álbum que utilizaba para recoger las esquelas de la familia, y ahí encontré la de Vicenta Azpilicueta Beperet, fallecida en 2005 a los 73 años. Tuve una sensación muy rara. Un día me alegré de la hazaña de salvar la vida de una joven. Pero para el día siguiente esa chica estaba muerta, ya de mayor, como si toda su vida hubiera durado un solo día y, por lo tanto, el rescate del perro no hubiera servido para nada.
PD 3: En enero de 2014 varios miembros del Grupo de Espeleología Otxola entraron en Marizulete. AQUÍ contaron cómo lo hicieron y qué vieron. Además, publicaron en su blog el pasaje escrito por Francisco Argandoña en su libro. Y dos años después también contaron que en aquel descenso habían encontrado la punta de una lanza de bronce anterior a los romanos.